|
¡Oh,
bien supremo
yo soy este miserable que he huido de tí, renunciando
a tu amor!
Por esto solo, indigno debo ser de verte
y de amarte.
Pero también tú eres aquel que por piedad
de mí no la tuviste de tí mismo
y quisiste morir de dolor
y cubierto de infamia en una cruz.
Tu muerte me hace, pues, esperar
que un día podré verte
y gozar de tu presencia, amándote con todas mis fuerzas.
Pero ahora que estoy
en continuo peligro de perderte para siempre
y que ya te había
perdido por mis pecados
¿qué haré durante el
resto de mi vida? ¿Continuaré en ofenderte?
No, Jesús
mío, yo detesto sobremanera los ultrajes que te he hecho
contrito
estoy de haberte ofendido, y te amo de todo corazón.
¿Desecharías
tú un alma que se arrepiente y que te ama?
No. Yo sé que
has dicho, redentor mío
que no sabes rechazar
a los que se arrojan a tus pies arrepentidos:
Aquel que a mí
viene, no lo echaré fuera.
¡Jesús mío,
todo lo abandono y me convierto a tí!
Te abrazo y te estrecho contra
mi corazón
dígnate tú abrazarme y estrecharme en el tuyo.
Si me atrevo a hablarte así, es porque me dirijo a la bondad
infinita
y porque hablo a un Dios que ha querido morir por mi amor.
¡Salvador mío, dame la esperanza en tu
amor!
¡María, querida Madre mía te lo suplico por
el amor que tienes a Jesucristo
alcánzame la perseverancia!
Así lo espero y así sea.
Dulcísimo Señor
del Milagro
perdona mis pecados
y libra por tu misericordia
al pueblo de Salta de todo castigo.
Concédenos esta gracia
por
intercesión de nuestra protectora
tu dulcísima
Madre
la inmaculada Virgen del Milagro.
Amén.
|