|
¡Dios mío, conque
tú eres mi soberano bien, bien infinito
y
yo te he perdido tantas veces!
¡Sabía que por el pecado
te causaría el mayor disgusto porque perdía tu gracia
y a pesar de esto yo lo cometía!
¡Si yo no
te viese clavado en una cruz, Hijo de Dios, y muriendo por mí
no me atrevería a invocarte, ni a esperar jamás el perdón!
¡Padre eterno, no fijes en mí tus ojos, sino en tu hijo querido
que te está clamando por mí,
misericordia: escúchalo y perdóname!
Muchos años hace que debiera hallarme sepultado en el infierno
y sin esperanza de amarte y de recobrar la gracia que he perdido.
¡Dios mío me arrepiento
del ultraje que te hice renunciando a tu amistad
y despreciando
tu amor por los miserables placeres de este mundo.
¡Pluguiera a Dios que hubiese muerto mil veces antes que ofenderte!
¿Cómo pudo llegar a tal extremo mi ceguera y locura?
Agradezco, Dios mío, de haberme dado tiempo
para poder pensar
en el mal que he hecho
y ya que por un efecto de tu misericordia no me hallo en el infierno
y puedo amarte y amarte quiero, Dios
mío
y no quiero diferir un solo instante el convertirme a
tí.
Te amo, bondad infinita; te amo, vida mía, mi tesoro,
mi amor, mi todo.
Recuérdame siempre el amor que me has
tenido
y el infierno donde debía encontrarme
a fin de que
esta idea me inflame y me obligue a hacer actos de amor
y a decirte
siempre: Yo te amo.
¡María, reina de mi corazón,
esperanza mía, Madre mía
si me hallara en el infierno, no podría amarte jamás!
Yo te amo, Madre mía, en tí pongo toda mi confianza
y espero no abandonarlos ya más ni a tí, ni a mi Dios.
Dulcísimo Señor
del Milagro
perdona mis pecados
y libra por tu misericordia
al pueblo de Salta de todo castigo.
C oncédenos esta gracia
por
intercesión de nuestra protectora
tu dulcísima
Madre
la inmaculada Virgen del Milagro.
Amén.
|