NOVIEMBRE - 2008
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MILAGRO - HISTORIA
 
PRIMER RECUERDO

Según lo afirma nuestra tradición, por el testimonio de ilustrados y cristianos sacerdotes y caballeros, el celoso Obispo Victoria que bendijo la fundación de esta Ciudad de Salta, envió como recuerdo suyo este Santo Cristo, antes de morir, desde España, para que permaneciera en su iglesia parroquial y matriz, como testimonio de su propia bendición y de las bendiciones de Dios. Este Santo Cristo llegó al puerto del Callao, junto con otra imagen de la Virgen del Rosario para Córdoba, en forma prodigiosa sobre las aguas, solo, sin que se supiera en que navío había sido conducido.

Llamando la atención a las autoridades de Lima esta forma de llegada extraordinaria, dispusieron que fuera trasladado a Salta, y conociendo los salteños de entonces el regalos que se les enviaba, salieron de aquí en piadosa caravana varios caballeros y vecinos a recibirlos en el camino.

Según esta tradición, llegaron los viajeros con el Santo Cristo en septiembre de 1592, y lo colocaron en el templo parroquial.

SEGUNDO RECUERDO

Los primeros salteños recibieron la imagen del Santo Cristo con agradecimiento en el corazón; y considerándolo una hermosa obra de arte, lo colocaron en el altar de las Animas, para que allí recibiera culto de los fieles.

Pero con el tiempo se olvidaron de darle culto especial, si bien recordaron siempre su origen prodigioso; y pasaron muchos años, quizás cientos, mientras iban dolorosamente conquistando y cultivando la tierra.

el 13 de septiembre de 1692, como a las diez de la mañana, inesperadamente, la tierra empezó a temblar y moverse como enloquecida. La gente, presa de espanto, huyeron de sus viviendas, para no morir bajo los escombros, y corrieron a reunirse en el espacio libre de la plaza pública, frente a este templo.

Aquí fueron los clamores a Dios, a la Santísima Virgen, para que salvara a la ciudad de su ruina y a ellos de la muerte.

Los temblores siguieron repitiéndose, y eran tan violentos, que hacían tocar solas las campanas de las torres y agrietaban la corteza de la tierra.

TERCER RECUERDO

Los sacerdotes iniciaron la predicación de la penitencia por los pecados cometidos, comprendiendo que así lo quería el Señor. El pueblo acudía contrito al templo, en cuyo atrio se había levantado un altar, y sobre él colocado la imagen de la Virgen Inmaculada. Pero los terremotos no cesaban, y el clamor del pueblo iba en aumento. Entonces, en el convento de los Jesuitas, el padre Carrión, virtuoso religioso, oyó una voz que decía "No cesarán los temblores hasta que sea sacado aquel Soberano Señor que tienen olvidado para darle culto y veneración públicamente".

Ante esa manifestación divina fue sacado el Santo Cristo del altar de las Animas y colocado en el atrio junto a la Santísima Virgen; y allí el padre Carrión, lleno de grande emoción y en medio de ardientes lágrimas, comunicó al pueblo lo que había oído. Las gentes, entonces, dirigieron sus clamores y súplicas también al Santo Cristo, pidiendo misericordia y clemencia.

CUARTO RECUERDO

Mientras iba en aumento el fervor de los habitantes de Salta, los movimientos de la tierra fueron desapareciendo. Los sacerdotes de la ciudad continuaron por muchos días realizando los cultos públicos ante las imágenes sagradas, y allí se vio cómo todos confesaron sus pecados, y recibieron la sagrada comunión.

Por último, dando término a esta jornada espiritual, se organizó la gran procesión de penitencia y de sangre, para demostrar sincero arrepentimiento de los pecados, y firmes propósitos de enmienda. Acudieron primeros los sacerdotes y religiosos, con sogas al cuello y descalzos; los caballeros, vestidos con ropas de penitencia y escarnio; las damas cubiertas y llenas de ceniza, con sus pies desnudos; los jóvenes de ambos sexos, los niños, y por fin, los indios de trabajo y los negros, todos dándose azotes, en señal de verdadera penitencia. Así recorrieron las calles saliendo de la Iglesia Matriz pasando por la Merced y luego por San Francisco, hasta regresar al punto de partida.

QUINTO RECUERDO

Cuando cesaron los terremotos, toda la ciudad con sus autoridades civiles y religiosas resolvieron recordar estas misericordias del Señor y de la Virgen del Milagro, todos los años, con una novena de penitencia como la primera. Jamás se abandonó esta práctica, y las generaciones de salteños fueron fieles en su propósito. Así también fueron abundantes las bendiciones de Dios sobre este pueblo venturoso. Cuando en octubre de 1844 un nuevo terremoto asoló estas regiones, Salta fue preservada de la ruina, y últimamente en el de agosto de 1948, recibió igual gracia de Dios.

Por eso, entre nosotros agradecidos y el Señor y la Virgen del Milagro complacidos, se ha establecido el pacto de amor y de fidelidad, cuyos vínculos se estrechan cada año más y más.

 
  
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