| La primera Iglesia Mayor estuvo
situada en el solar señalado por el fundador de Salta, don
Hernando de Lerma, en 1582, hoy en la esquina que forman las calles
España y Zuviría de nuestra ciudad. Es decir, a casi
media cuadra de donde ahora vemos se levanta la Catedral. Consecuentemente,
podemos decir que cuando en 1592 arribó a estas tierras el
Cristo Crucificado (hoy del Milagro), ese primer templo estaba sirviendo
a la comunidad. Luego, por la precariedad de
la edificación y por inclemencias del tiempo, se destruyó,
lo que creó en los habitantes de Salta la necesidad de levantar
una nueva Iglesia Matriz, que fue construida donde ahora está
la Catedral (casi en la esquina de España y Mitre). “...
tenía dos torres sólidas y pesadas, al parecer las
más elevadas de la ciudad, y cúpula en el crucero”.
Este templo tenía unas 45 varas de largo por 16 de ancho.
Los terremotos de 1692 lo afectaron tan seriamente, que ocho años
después “puede decirse que estaba en ruinas”.
Por ende, en esa Iglesia Matriz, se escribió el capítulo
más dramático y vigoroso de la historia del Milagro.
No tardó mucho la iniciación
de los trabajos para construir un nuevo templo, los que cobraron
empuje gracias a la acción del gobernador del Tucumán
(no la actual provincia de Tucumán, sino la Gobernación
a cuyo territorio pertenecía la actual provincia de Salta)
don Esteban de Urízar y Arespacochaga, en 1708. Este edificio
es señalado por Perdiguero como “la tercera Iglesia
Mayor o Matriz”. He aquí los datos que transcribe en
la parte que corresponde a la tasación de la obra: “Primeramente
medimos la iglesia y halamos que tiene una longitud de 76 varas
y media, y 14 varas y media de latitud”. Este templo se habría
terminado después de 1712.
En 1794, años después
de que fueran expulsados los Padres de la Compañía
de Jesús, “... estando en mal estado la vieja Iglesia
Mayor, con la autorización del Poder Civil, se utilizó
para tal la Iglesia de los mencionados religiosos”, cuya ubicación
es precisada en la esquina de Mitre y Caseros, con frente hacia
la plaza principal. Era “espaciosa y de formas regulares...
tenía tres naves y cúpula, pero sin torres. El frente
era amplio y elevado y en él estaban colocadas las campanas”.
Por bula del 28 de marzo de
1806, nuestra ciudad se convirtió en sede episcopal. El primer
obispo de Salta fue Monseñor Nicolás Videla del Pino,
que venía desempeñándose como Obispo del Paraguay.
Con tal motivo, Salta necesitaba su catedral. Ella recién
pudo erigirse canónicamente en 1816, en la iglesia jesuítica
a la que nos hemos referido. Por lo tanto, la primera Catedral de
Salta estuvo situada en el lugar mencionado. Así las cosas,
cuando se produjeron los terremotos de 1844, las Imágenes
del Milagro se encontraban allí. Conviene poner de relieve
que antes, durante y después de esos terremotos, el templo
no pudo ser atendido ni conservado convenientemente, por la guerra
de la independencia y otras circunstancias sociales. De ahí
que en forma progresiva fue deteriorándose, hasta el punto
de que el mismo Obispado corría el riesgo de desaparecer
por falta de catedral.
Por 1850 los tucumanos trabajaban
para que la sede episcopal fuera trasladada a la ciudad de Tucumán,
en mérito al gran templo que allí “se estaba
levantando con la protección económica que prestaban
el pueblo y el gobierno”. Estas gestiones y otras situaciones
ambientales, empujaron a los salteños a emprender la construcción
de la futura Catedral, lo que ocurrió en 1855 sobre el terreno
que hoy se levanta.
Singular esfuerzo pusieron al
servicio de esta obra el pbro. Isidoro Fernández y el Obispo
Monseñor Rizo Patrón. La nueva Catedral quedó
concluida en sus aspectos fundamentales en 1878, aunque sin atrio
ni torres, fijándose el 13 de octubre de ese año,
para la consagración solemne, después de la cual prosiguieron
los trabajos para terminarla.
En 1902, tuvo lugar la coronación
de las imágenes del Milagro. Para entonces, Monseñor
Toscano gestionó y logró fuera colocado el piso de
mármol que aún se mantiene.
A raíz de la creación
del Arzobispado de Salta, en 1934, la Catedral fue elevada a la
dignidad de Metropolitana y el primer Arzobispo, Monseñor
Roberto José Tavella, con la “cooperación unánime
de los salteños”, logró realizar la magnífica
decoración que admiramos al presente, y años después,
en 1939, el mismo Prelado obtuvo de la Santa Sede el honroso título
de Basílica Menor para este histórico templo, cofre
de tantos portentos y tradiciones del pueblo salteño.
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